martes, 12 de agosto de 2008
RITOS A RATOS
Debió ser hace unos 15,000 o 12,000 años y quizás en algún lugar de África. Pudo ser una adoración a las aguas, o una plegaria a los cielos, antes que el asombro que debió provocar la hechura del fuego. Cualquier aproximación será sólo eso, pura especulación. Los ritos nacieron. Eso es lo importante. Pero más, que se apoderaron de nosotros.
Los ritos no pertenecen en exclusiva al sapiens sapiens. La fauna –y alguien señala la flora- es prolífica en rituales. Los animales no importa la clase, familia, especie, se manejan en ritos a veces muy elementales, otras exquisitamente ampulosos. Los ritos enmarcan los tránsitos a la adultez, la asunción al poder, el apareamiento… Las águilas y demás aves rapaces empujan con sus picos a sus otrora polluelos desde cimas vecinas a los cielos para que se batan su vuelo de estreno, los bonobos hinchan sus narices rojas para enfrentar al rival(es) con el (los) que disputará el liderazgo del grupo, desde las delicadas mariposas a los toscos rinocerontes se procuran exhibiciones para que una congénere los elija a ellos y no a otro para efectos de la reproducción…
Es curioso cómo en esos tres aspectos de la vida (tránsito a la adultez, asunción al poder, apareamiento) los humanos hemos heredado de nuestros hermanos animales –uso un concepto de Francisco de Asís- el apego a los ritos. Pero los humanos hemos potenciado y al mismo tiempo reducido su concepto: hemos respetado la colectivización del ritual aunque también individualizado su espectro: hay ritos por sujeto en lo que conocemos como manías, algunas coincidentes en la especie (Maitena, la caricaturista argentina graficó seis vicios menores de mujeres como el de reventar los globitos de esas fundas que protegen artefactos domésticos); pero también hay manías específicas, difícilmente compartidas, esas del sujeto oscuro que Patrick Suskind, autor de “El Perfume”, retrata para su novela corta La paloma, un tipo que trabaja de conserje en un banco y que es incapaz de comenzar un día sino sigue una hojas de ruta “improbables” sólo para cruzar su habitación.
Los ritos humanos están enmarcados en contextos diversos y los valida la cultura. Hay en ellos fuerzas diversas que los empujan a ser como son y no de otra manera. Razones que tienen que ver con la religión, las creencias, la cosmovisión, la tradición, etc. Los ritos son, en ese sentido, amorales, están libre de todo juicio, de polvo y paja. Por eso es que a civilizaciones sangrientas como la Azteca y la Moche, que de hecho lo fueron (sacrificaban humanos) no se les puede juzgar a la luz de la actualidad, solo describir en lo que hoy llamaríamos excesos. Es así, a los ritos se les sigue o se les mira de lejos, no se reta al rito.
lunes, 23 de junio de 2008
SUCIO… Y DELICIOSO
Para el verano norteamericano de 1987, cuando la industria cinemera gringa parecía más de lo mismo, una cándida historia de amor, pero también más que eso, iba a escribir un capítulo totalmente distinto. Johnny Castle (un debutante Patrick Swayze) experto teacher de baile y amante a sueldo, y Baby Houseman (la ignota antes y después Jennifer Grey), inocente e impopular adolescente de 17 abriles, tendrán la oportunidad de sus vidas -como rezaría el tema central del soundtrack- en el transcurso de su verano feliz, en un balneario para clases acomodadas, donde se da el encuentro. Nada fuera de lo común si no contamos con que la historia se soporta sobre una de las bandas sonoras más celebres de la historia del cine.
Los críticos no se han puesto de acuerdo con la valoración a Dirty Dancing, como filme. Pero incluso los menos enterados coinciden en que la música y el hilo conductor que le presta ésta al filme no tienen precedentes. Cosa rara; aunque la historia sencilla que se procuró crear Eleanor Bergstein y que dirigiera Emile Ardolino, partía de dos ejes musicales, uno blanco e inocentón (escúchese Big Girls Don`t Cry, Wipeout, etc) y el otro eje agresivo, apasionado, el dirty, dirty (Hungry Eyes, These Arms of Mine...) nunca siquiera se pensó en armar una banda sonora que considerase figuras de la música de la época, y eso por cuestiones de costos.
No es que al final no se lograra un marco musical coherente; precisamente sí se logró juntando a la orquesta de Michael lloyd & Le Disc, a Bill Meddley, Jennifer Warnes y al mismo Swayze. Finalmente, el productor musical Jimmy Lenner obtuvo un producto artístico sin parangón, al amparo de un barrido musical que atraviesa los finales de los 50, y comienzos de los 60 (periodo de donde se extraen algunos fox trot), se regodea en recreadas composiciones latinas (Merengue, Johnny´s Mambo, De Todo un Poco) para representar la influencia latina en esas décadas; y sella con los temas que encabezaron los charts, donde corona (I´ve Had) The Time of my Life.
Como filme siempre se trató de un taquillazo mayor. Los 5.2 millones de dólares que costó con toda su parafernalia musical se convirtieron en más de 170 millones a la fecha. Como música, es una de las bandas sonoras más escuchadas y vendidas de todos los tiempos, y cuyas piezas –en distintos puestos- han ido a parar casi todas a las listas de hits en su momento, algo comparado sólo con el Triller de Michael Jackson.
Originalmente en dos volúmenes, la música se reedita este año de aniversario 20 en un CD en el que las piezas corren en el orden de cómo aparecieron en el filme, y que me inspira mientras termino este recuento. Pero como los fanáticos –¿acaso debo confesarlo?- espero más: un DVD conmemorativo con la película, minutos extras, detrás de cámaras, algún video clip (ojalá más de uno) y varios etc,etc.
Alphonso de la Luna
PROHIBIDO DECIR
Cuando las palabras, por disímiles y a veces absurdas restricciones sociales, simplemente no deben de ser pronunciadas.
Son y están. Pero a veces no deben estar. La Academia de la Real Academia de la Lengua es generosa con lo que le permite ser a “Decir”, con lo que permite significar; “Manifestar con palabras el pensamiento”. No pocas veces, sin embargo, ese pensamiento no puede ser abiertamente manifestado y no necesariamente por razones de persecuciones a la libre expresión, sino por simples cuestiones de recato, coincidir con el entorno, y a veces, dobles discursos.
Las más encumbradas restricciones a la palabra, frase o construcción están por supuesto ligadas al sexo. Lo genital ha sido siempre desde el lenguaje objeto de infinitas y coloridas creaciones, en símiles y metafóricos usos o pretensiones de utilidad. Pero, de idioma en idioma, más o menos, su uso es reservado en su amplitud. Ecuador, de acuerdo a un estudio, ostenta el récord de voces para designar el órgano sexual masculino: 105. De pito a pija, o pajarito, no faltará una voz para los genitales del hombre de acuerdo a como lo dicte la circunstancia.
Amando de Miguel recoge cómo los diccionarios de antaño se resistían a las palabras “malsonantes”. “los de Camilo José Cela (Diccionario secreto y Diccionario del erotismo), el de Jaime Martín (Diccionario de expresiones malsonantes del español) y el de Pancracio Celdrán (Inventario general de insultos).” Las palabras del sexo se relacionan además con los insultos, función que encabezan las voces que aluden al sexo femenino, por obvias razones machistas. Siglos antes, Marques de Sade, había jugado chiviría con los términos fuertes hacia lo sexual, para procurarse estar entre lo poético y lo vulgar, y ganó dosis extremas de erotismo, y una fama hasta hoy no rebatida.
No todas las prohibiciones a la palabra son procedentes del rubor hacia lo sexual. De acuerdo a la cultura, las palabras pueden tener cargas culposas variadas. En algunas comunidades amazónicas, por ejemplo, preguntar por el solo nombre de los niños, será un total desatino. A un forastero, un infante bora-bora nunca le dará el nombre por el simple hecho de que presume que al dárselo le copiará una ruta de acceso a su propia alma.
Invocar, es un don que se le ha atribuido a la palabra. Los cultos de magia de prácticamente todas las civilizaciones humanas registran ritos en ese sentido. Por la palabra, algo de alucinógenos y quizás baile, coctel feroz, se invoca a Yemanyá como a Pachacuti, y se ha invocado lo mismo a Hera que a Mitra y Cibeles. En esa lógica, aunque en sentido inverso, decir sin querer puede resultar en un nefasto acto de invocación no pretendida. Bajo esa consigna, En la Aldea, película de culto de M. Night Shyamalan, se delinea a unos personajes como “Los innombrables”.
Hay restricciones extremas al decir. Caty Cordero analizó como la prensa española fue tan benevolente con la de la hermana pequeña de la Princesa de Asturias, Letizia Ortiz, Erika, que para su “muerte auto provocada” nunca usó “suicidio”. En Perú una abreviatura quedó en mutis hace poco más de un lustro cuando su primer aludido fue puesto en evidencia descarnada. Sin percatarme de la censura raleando la atmósfera, yo mismo la usé para dirigirme a un abogado mayor a quien le guardo respeto. El me contestó tajante: no me llame “doc”, por favor, use el término completo, “doctor”.
Alphonso de la Luna
MAMITA, LA TECNOLOGIA
El concepto de la máquina múltiple no fue inventado en serio. Fue un exabrupto prodigioso de García Márquez para sus Cien años de soledad. O sea ya hace más de 30 años. El invento podía, de acuerdo a sus palabras, lo mismo pegar botones que bajar la fiebre. Una maravilla vendida sólo de mentira en algún lugar de la ciénaga colombiana. Hoy TV Compras y Telemercado se disfuerzan en copiar la ficción. Pero parece que ya las hay, o la mentira continúa: en Google, sólo en español aparecen 3,090 alusiones a “máquinas múltiples”
La historia para marcarse se ha apoyado en el descubrimiento de las tecnologías. Aunque los humanistas insistan lo contrario. El español Pizarroso lo delinea bonito. Las tecnologías, en virtud a su complejidad y a su impacto, han marcado las edades del hombre (y la mujer) y la vida en colectivo. Entonces se les llama tecnologías insipientes, tecnologías menores, TICs…
No sólo a nivel de didáctica de la historia, respecto de la tecnología las opiniones se polarizan. La tecnología en sí, y desde siempre, ha abierto dos brechas, fundado dos bandos, erigidos en relación a su afecto por ella o a la reticencia que le procuran. Es raro, al menos, suponer que voces como tecnofilia y tecnofobia tengan apenas poco más de una década de uso entre expertos en tecnologías y conducta, y aún ningún reconocimiento de academias de la lengua.
Los seres humanos hemos mirado a la tecnología para fijar nuestros sueños. Desde el Ícaro y las alas para poder surcar los cielos, a Herbert George Wells y su máquina del tiempo que sigue buscándose para ir hacia atrás o adelante en las carreteras de doble vía que son pasado y futuro.
Pero los seres humanos también hemos tomado con recelo el tema. Nadie tanto como Isaac Assimov. Alzado en mancha contra la humanidad que lo domina o cansada de los cuidados que no quiere dar más a los humanos, con su Yo Robot (1950) y su Multivac (que acompañó a varios relatos entre 1955 a 1975) respectivamente, el ficcionista retrata temores para los que Thomas Huxley había dado sabio consejo: el hombre tiene que controlar la ciencia y chequear el avance de la tecnología.
Nada de qué preocuparse en realidad. Acotamos lo que escribió Burrhus Frederic SKINNER: “El verdadero problema no es si las máquinas piensan, sino si los hombres lo hacen”
Alphonso de la Luna
HEROES EN EL ECRAN
En ningún otro lugar viven mejor los héroes que en el cine. Viven o se insuflan de nueva vida héroes del papel, ya del cómic como Superman o de la literatura como James Bond; pero también nacen en su propia luminiscencia y desde allí se erigen en su heroicidad de ficción: Mister Spoke del Viaje a las estrellas, Indiana Jones y Terminator, por ejemplo. A veces constantes, a veces fugaces, los héroes de la pantalla grande nacen, viven, se pueden reproducir y acaso morir, mismas estrellas.
Un héroe de cine, y sus versiones femeninas también, triunfarán al final del filme cuando el pop corn se haya terminado. Sobre todo en el cine gringo y sin excusas en el almidonado cine hindú. Entre que aparece y triunfa será objeto de un martirio de villanos haciéndosela difícil. Se me ocurre Malena (dirección y guión de Tornatore). Aunque italiana y bien elaborada, el filme guarda la estructura clásica del cine de héroes y villanos: comienzo-sufrimiento-éxito.
Nos creemos el cuento del héroe y la heroína. En eso consiste en sí todo el raro pacto del cine: sabemos que es ficción pero incluso a sabiendas hacemos a un lado esa contundencia para creernos sus historias y filtrarnos de sus emociones… y en sus héroes. Todos ¿no? Hay algunas tribus en Asia y África que como los ciudadanos de esa Maravilla también de fantasía que creara García Marquez, Macondo, no aceptan que un actor muerto en una película, luego apareciera vivito y coleando en otra.
La mayoría de los héroes son como algunos cuadros, no se les debe mirar de cerca. La cita es de Francois de Rochefoucauld y bien pudo haberse inspirado en quienes les ponen pellejo a los héroes y heroínas del cine: Jhonny Weismuller era un fiasco de locura sino interpretaba a Tarzan (sufrió mucho cuando las lianas pasaron a otros musculosos); Margot Kidder terminó en una desgracia de mujer luego de haber sido nada menos que la “chica del héroe” en la saga del Superman que interpretó Reeves entre los 80 y 90; hoy Lindsay Lohan es todo (entiéndase alcohólica y más perlas) menos las dulzuras teen que interpreta para el respetable juvenil.
Rara vez el héroe hace metacine. O sea es conciente de su heroicidad. Menos de un modo irónico. Pero hay. Arnold Schwarzenegger fue en “El Último gran héroe”, un don nadie fuera de la pantalla cuando un conjuro de muchachito travieso lo puso en el mundo real. Sufrió el fortachón pisando suelo de a de veras. El cine funciona mejor si estás dentro; no si estás fuera.
Alphonso de la Luna
BESOS ROBADOS
Richard Gere le robó un beso a la hindú Shilpa Shetty y se armó el chongo. Muy Hollywood, el rompecorazones de mentira de la mujer bonita, se olvidó que estaba en Bollywood, la meca del cine indio, a la sazón más millonaria que la sede gringa, tomó a la diva india por los brazos y quiso reeditar el clásico chape que inmortalizó para la foto a Clark Gable y Vivian Leight, mismo que hace unos tres oscar, regalaron a los flashes los contemporáneos Adrien Brodie y Halle Berry.
De Musset había escrito que “el único idioma universal es el beso”. Pero nunca ha sido así. Los besos han significado siempre diferente de acuerdo a la sociedad que los acoja. Por eso hay modos y valores distintos –y hasta distantes- en los besos que se dan los esquimales y los rusos, los franceses y los italianos, sólo por citar.
En India ha pasado eso con el beso de Gere a Shetty. Ella ha salido a su defensa; sus compatriotas no han aceptado razones. “Entiendo que esa es su cultura, no la nuestra”, ha argumentado. Pero las protestas han tomado calles de varias ciudades indias, de Mumbay a Varanasi, el centro más sagrado del hinduismo. Y fue sólo beso en las mejillas.
Si ha habido alguna valoración universal erótica del beso, esa carga ha cambiado también. El beso ha pasado a ser un recurso manoseado, públicado y publicitado, en contraposición a su vocación intimista, reservada y seria con la que se entiende desde la relación pasional, al menos para un buen porcentaje de la humanidad.
Esa sobreexposición.es culpable en buena parte de la desacreditación del beso. Sobre todo, los besos que no se esperan por reservas a propuestas exclusivamente heterosexuales. Se han para el escándalo Maradona con Caniggia, y luego “el diez” repitió plato con el actor Colin Farrel; Madonna para un show del MTV besó por partida doble, a Britney Spears y a Christina Aguilera, y la desaparecida página web de CNN en español tituló de antología: “La maestra del escándalo da una lección de mala conducta a sus dos más aplicadas alumnas”. En el Perú, los besos de Bayly a famosos entrevistados de ambos sexos le valieron un discutido distintivo como animador de la tele latina.
En realidad, los tiempos actuales prestan un escenario dicotómico para el beso. Por un lado, hay sociedades y círculos donde éste como otras manifestaciones de afecto quedan prohibidas desde su premisa de puertas a lo erótico (hay escuelas, universidades y centros labores donde está reglamentado “no besar”); pero hay otras culturas tradicionalmente más cerradas a mostrar afecto, como las orientales, donde se ponen en marcha talleres para abrazar, apapachar y, claro, besar.
En Mujer Bonita (Pretty Woman, 1990) de Gary Marshall, Vivian o Julia Roberts es seducida por su contratante, Edward Lewis (Richard Gere) quien toma los servicios de la prostituta, casi accidentalmente, por unos días. Ella es contundente sobre lo que entiende por amor físico, materia del trato: puede hacer todo lo que le pidan -y sobre la imaginación para eso- menos besar porque teme por ello llegar al amor. Pero al final se traiciona y le roba al millonario que encarna Gere finalmente un beso cuando cae rendido como consecuencia de su encuentro. Un siglo antes H.H. Boyesen habría podido haber escrito esa parte de guión: “Y cuando mis labios encuentra los tuyos / tu propia alma se une a la mía”
Alphonso de la Luna
TÚ SÌ , TÚ NO
Era una mujer de novela. La delineó Milan Kundera. En sus laberintos existenciales debía decidir. No le era sencillo y así se confesaba. Pero debía hacerlo y lidiaba con eso desde su trabajo de seleccionar personal. Tenía dos opciones: elegir a alguien con quien simpatizara o elegir a alguien preparado (a) para el cargo. Su proceder traspasaba soluciones éticas: una vez hacia lo uno; otra vez, lo segundo.
Elegir no es sencillo. Supone proceso amén de costos. El filósofo vasco Fernando Savater ha aclarado que elegir se corresponde con un nivel exclusivamente ontológico. Corresponde al ethos, o yo personal. Se enmarca así en la libertad, ejercicio de gestación individual. Pero acarreará siempre elementos sociales, partiendo de lo más cercano, lo que más queremos; la familia o los hijos, por citar.
En Guerra de los Mundos (Spielberg, EE.UU. 2005), Ray Ferrier (Tom Cruise) se debate en una crisis ante sus hijos Robbie y Rachel, a quienes visita por rutina ya que es padre separado. El hijo, ya un adolescente, pretende seguir solo los vericuetos de una invasión alienígena, ante la obvia negativa proteccionista de papá, que por otro lado ve que su niña menor es jalonada por una pareja de extraños que la creen abandonada en ese desconcierto que debe de ser todo campo de batalla. Ray elige a la hija, gusta a la platea y coincide con el pensamiento occidental.
Más de 20 años antes, Alan J. Pakula dirigía la La Decisión de Sophie (EE.UU. 1982). Meryl Streep, en magistral performance que le vale un Oscar, encarna a una polaca mayor, marcada por las duras decisiones tomadas durante su vida, en plena invasión nazi. La dramática decisión de Sophie, desagregada tras intensa trama, fue esta: tuvo que elegir entre salvar a su hijo o a su hija cuando un par de soldados del Reich la conminan ante esa macabra disyuntiva. Con los precedentes de su cultura judía (la heredad del varón, la preservación del apellido, etc), la decisión, muy a su pesar, inclinó la balanza a favor del muchacho… Sophie no se lo perdonará jamás.
En el “Valor de elegir”, su magistral ensayo, Savater, plantea que el decidir, como construcción inherentemente humana ligada a la libertad, se da en una vertiente de acontecimientos que producen consecuencias de todo tipo tanto para el elector como para su entorno. Nada más cierto: Tanto Sophie como Ray asumen sus elecciones, ya para maldecirlas de por vida o para congratularse con ellas. “Siempre hay que elegir el menor entre dos males”, anotó Tomas de Kempis. A veces, dilucidarlo es lo difícil.
Alphonso de la Luna
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SIMPLEMENTE SEXO
Las últimas noticias sobre acoso sexual han indignado a tirios y troyanos y eso está bien. Pero que el juez tal haya afanado sin roche a su asistente o que seis de cada 10 trabajadoras nacionales sean blanco de piropos, acercamientos, roces, tocamientos más evidentes y agresoras metidas de mano no debería en realidad sorprender a nadie: los humanos pensamos y vivimos en el sexo.
La cita de Descartes pudo ser escrita así: “Pienso (en sexo), luego existo”. Aunque más de uno corregirá no sin falta de argumentos que el sexo no se piensa, se viene a la cabeza para alborotarlo todo y ya. Cierto también.
Freud fue el primero en evidenciar que la libido nos atraviesa todo, a todos y de toda la vida. El deseo sexual es culpable –en su entender– de lo que somos, lo que seremos y lo que no podremos ser nunca por su culpa. En el universo freudiano, los humanos solo giramos en torno al sexo. Yo lo apoyo.
No lo apoyó, en cambio Erick Fromm. En “El arte de amar”, delinea lo que llama la separatividad, una figura basada en un mito griego por la cual los humanos estamos incompletos sin la otra mitad (a quien amar). No buscamos sexo, sino completarnos, completar el alma. El sexo, la sexualidad, es sólo un camino hacia esa complementariedad. También apoyo a Fromm.
En la tesis frommiana los humanos amamos por sobre sexuamos. Pero las evidencias prácticas apuntan en su contra: cada día se tiene más sexo, sin necesidad de amor; lo prueban los miles de embarazos no deseados, las ventas masivas de preservativos y otros anticonceptivos, y una industria que, sólo en la plataforma del www es más del 80% de sus contenidos y ofertas.
El sexo revolotea en torno nuestro siempre. Lo tenemos presente incluso para tenerlo distante, como en los modales. Pensamos en él cuando no debemos, por eso ciertos monjes debían flagelarse para ahuyentar su lacerante fantasma. Nos logramos en él; pero también podemos resultar un fracaso. Lo hacemos como se previó, y hemos inventado el contranatura. Une parejas y ,su ausencia, puede separarlas. El sexo viene y va, y nos provoca…
Después de la violencia, el sexo es quizás nuestra más conflictiva herencia de parte animal. Aunque entre ella y este haya también asociaciones evidentes (menciónese solamente el mismo coito y sus cuotas de agresión y las guerras en las que las incursiones de otras épocas y esta incluían violaciones.
Ok. Basta. Basta de sexo. Terminaré –no sin ironía– como Lawrence Durrell: “No más sobre sexo, es demasiado aburrido.”
Alphonso de la Luna
GIROS DEL DESTINO
En alguno de los capítulos de la serie cinematográfica que Pedro Infante filmara como Pepe el Toro (1947 – 1952), su hija adoptada –más bien su protegida sobrina- Chachita (Evita Muñoz), vende sus largas trenzas para procurarse dinero a fin de comprarle un monedero a su desgarbado pretendiente, “el Lata”; antes él se había gastado sus pocas monedas de pelele en la calle para comprar a su amada una peineta. La paradoja arranca las risas de Infante: en el camino a conseguir algo para el otro, ni monedero ni peineta servía a ninguno.
No todas las paradojas son graciosas. Las noticias que dan cuenta de emigrantes muertos en países a los que fueron a buscar el éxito están en ese rubro. Alguna vez escribí para una nota sobre un peruano asesinado a diez y tantas puñaladas en España: “Se fue por una vida mejor y encontró solo la peor de las muertes”.
Las paradojas envuelven contradicción y resultan en corolarios absurdos e inverosímiles que parecen recrearse sólo en la ficción, como en La Perla de Steinbeck , donde un indigente pescador se topa con una perla, todo un tesoro capaz de sacarlo a él y los suyos de la miseria pero que –aquí está a paradoja- es tan grande y valiosa que su sola posesión le trae más bien una serie de problemas que el desdichado no puede afrontar.
La paradoja retrata la vida. Ernesto Sábato analizando la obra de dos grandes pensadores acotó: “Nietzsche afirmó la preeminencia de la vida sobre la ciencia; para él, como para Kierkegaard, la existencia no puede ser regida por las razones, porque la misma vida es contradictoria y paradojal”.
El idioma español no ha sintetizado bien en sus acepciones todo el sentido de paradoja. Los anglosajones lo han hecho mejor desde una frase que se usa de común, “twist of fate”, giro del destino, si traducimos. Shakespeare, qué más inglés que él, amaba las paradojas de la vida. Su obra es, me animo a sostener, una construcción sobre paradojas. Hay paradoja en El Rey Lear y Otelo pero ninguna tan circularmente cerrada como en la más popular de sus piezas teatrales: en es Romeo y Julieta que cada uno se mata por el otro, primero él al creerla a ella muerta; luego ella a verlo muerto al él; no había más salida.
Paradojas redondas. Y dramáticas. Más pequeñas pero paradojas al fin, siempre están para marcarnos el vivir. Esta es típica del amor. La cantaba Barbara Jones y luego Dolly Parton con letra inspiradísima de Randy VanWarmer: “And You left me Just when I needed you most” (“Y tú me dejaste justo cuando más te necesitaba”). Vaya si se salvó de ser letra de bolero
Alphonso de la Luna
LA MALA EDUCACION
Dirigida por Peter Weir y sobre un guión cruzado de Tom Schulman, Oscar en 1990, La Sociedad de los poetas muertos expone entre otros devaneos, como la educación tradicional puede alejarse de uno de sus afanes, el de entender la vida y la realidad. La premisa de ese maestro ecléctico que interpretó Robin Williams era la de este anónimo “La educación consiste en enseñar a los hombres no lo que deben pensar sino a pensar.”
No siempre hace eso, sino lo opuesto. Una de las frases más célebres favoritas por bohemios y faltos de instrucción académica es seguramente esta de Bernard Shaw: "Mi educación terminó cuando ingresé a la escuela". Mark Twain tenía también a la escuela por inconsecuente y escribió que lo que era él nunca permitió que entorpeciese su educación. ¿Pero puede en realidad ser la escuela contraria en la realidad a lo que precisamente se propone como fin?
Ahora bien, una cosa es que algunos escritores y pensadores desacrediten la educación, y otra que los mismos jóvenes, los estudiantes, lo piensen así. Pero lo hacen. Según un estudio del Consejo Nacional de la Juventud de 2005, la propia juventud estaba disconforme con su educación y no sólo en la escuela. Los peruanos de entre 15 a 19 años manifestaban que su educación era mala en un respetable 18%; y en un 32.1% entre los de 20 a 24. Casi la totalidad, el 97.4% urgía un cambio: el 27.1% capacitaría maestros; y el 11.9% cambiaría la metodología de enseñanza.
Con todo, los escolares peruanos son todavía pasivos en sus reclamos, si los comparamos con sus pares de otras latitudes. En España, en 1998, unos 30,000 estudiantes de más de 50 ciudades se manifestaron una huelga para exigir más dinero para su enseñanza secundaria. En Chile, la huelga de colegiales de junio de 2006 paralizó las escuelas públicas, conoció el respaldo de las privadas, las universidades e hizo retroceder al gobierno en unas políticas que los estudiantes en sus trajes azules no comulgaban por escasas.
¿De dónde sacan agallas los escolares para una rebelión tan dramática y bien orquestada? Alguien comentó que si los escolares tienen los argumentos para protestar por la calidad de su educación, ésta no debe de ser tan mala. ¿De dónde sacan ejemplos para tanta insolencia? Bueno, baste mirar al Jesús perdido de sus papás, María y José, en pascuas y exponiendo ante los sacerdotes del sanedrín para tener una idea de que los jovencitos sí tienen bastante que decir a sus maestros.
Alphonso de la Luna
GAMAS DEL VERDE
El español ha sido generoso para acoger al verde. En el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, sus acepciones suman 18. Superado sólo por el blanco y el negro (con 22 y 20 respectivamente), ningún color, ni siquiera primario tiene tantas: considérese los 13 significados del amarillo, los escasos cuatro del rojo, los parcos tres del azul… El verde, como color, en cambio, vive más de una vida en el imaginario de los hablantes hispanos; reverdece, diríamos, para parafrasear con uno de sus derivativos, nada menos que un verbo.
El verde, procedente del latín virĭdis, es por supuesto en el español el color de la naturaleza. Con un pie en ella, el verde la alude en sus acepciones 11 veces: “Dicho de la leña: Recién cortada del árbol vivo”, “Que aún no está maduro” o “Pastos del campo para el ganado”, por citar. Pero también hay alusiones menos lógicas y aun y todo con mucha tradición: el verde aludirá al dólar (y no sólo en Cuba); también a los primeros años de la vida o la juventud; la inexperiencia y la poca preparación en las personas; y la falta de perfección en las cosas; junto a ciertos sustantivos relativos a gente connotará inclinaciones galantes impropias de determinados edad o estado (viejo verde y viuda verde; aunque más sonoridad tenga viuda alegre); en piezas literarias verde será indecencia y obscenidad.
Las adjetivaciones por extensión o no, la verdad no son propias del verde. Ya en el español o en otras lenguas los colores aluden no sólo color. Entonces hay domingos negros, y crónicas rojas; un amarillo será el que no acata la huelga, y con rosa se refiere a todo lo que puede vincularse a lo gay.
Pero el verde tiene en nuestro idioma quizás el peso que el azul (blue) en el inglés donde esa música nostálgica y lamentosa se convino en llamar blues, a propósito de una connotación con que los anglosajones dan a ese color: blue es sinónimo de tristeza. Y debe tener el peso que el rojo, para el quechua, lengua en la que en referencia a la sangre, la valentía y la pasión forma redundantemente pukasonjo (corazón rojo), pukallacta (pueblo aguerrido) y pukachuño (persona de nariz colorada).
Volviendo al verde, hay lenguas en las que incluso no sólo no tiene la personería de la que goza en el castellano, sino que incluso adolece de un vocablo. El tarahumara y el vietnamita emplean sus voces correspondientes al azul o al amarillo, dependiendo de hacia cual de los dos, de los que finalmente es compuesto, se acerque el tono del verde, cuarto color del espectro solar, color primario aditivo y complementario cromáticamente al rojo, para más luces.
Alphonso de la Luna
AGUAS AL AGUARDIENTE
Debe haber venido el primer aguardiente o lo que quedara de él, en un tonel de madera avejentada en el primer barco que surcó el Atlántico hacia lo que los europeos supondrían las Indias. Debe haberse bebido con él para auyentar los miedos a monstruos marinos, y alegrarse la vida entre puro marinero varón añorantes del dulce perfume de faldas. Como quiera que haya sido, acá, ya en las Américas, no pasaría mucho tiempo para que su popularidad se expandiera por sí misma.
Inicialmente importado de España, vía Colón, una vez los primeros brotes de caña que trajeron los españoles a partir del segundo viaje, extranjeros y nativos esperaron con ansias las primeras cosechas para con las adaptaciones del caso (por ejemplo, con serpentines de carrizo y no de cobre en su destilación) localizar su sabor, tanto que 100 años después de su primer sorbo en América, desplazaría como bebida espirituosa –y hasta mágica- a la propia chicha.
Rapidito nomás, el quechua le cedió un nombre. Guarapo. (Jugo de la caña dulce exprimida, que por vaporización produce el azúcar; y, por extensión, el elixir fermentado de ese jugo). Son sus derivados, hijos aun no reconocidos por la RAE, guarapero y guaraposo. Obviamente, el primero para aludir al que se ejercita en su toma; y el segundo, al que aparenta sus efectos. La música ya recogió al primer término en una cumbia que interpretaron Latin Brothers y Joe Arroyo y que cantaba: “Yo vi cuando se marchó / Eva María, la guarapera”.
Entre 40 a 45 de alcohol en su haber, a este aguardiente americano le hemos llamado también y dependiendo del lugar en que se produzca, beba o vomite: yonque, cogollo, claro, clarito, blanco, blanquito, cañazo, cachaza (en alusión a la cachaça, portuguesa)…
En el Perú el mejor aguardiente, insisten los entendidos, se prepara en San Pablo y el mejor cogollo (la primera destilación, un tanto más dulce) en Magdalena, (ambos en Cajamarca), donde le incorporan pulpa de guayaba. Se toma puro en los andes aún, que es como mejor calienta de fríos, y en la costa se disfrazan sus humildes orígenes y su tosco sabor con cáscaras de lima, o jugos hasta de sobre. Sólo en la Selva se madura respetable en maceraciones -con hierbas, troncos y hasta bichos de foresta- que sólo son indignantes en sus nombres, dígase levantamuertos, dígase rompecalzón.
Es raro que siendo el origen, después del vino, de prácticamente todos los licores banderas del mundo, del brandy al whisky y los anisados al pisco, todavía se agazape avergonzado y sea bebido entre sombras.
Alphonso de la Luna